Manifiesto:

Hombres admirados como activistas nos han agredido físicamente, sexualmente, psicológicamente, verbalmente, ambientalmente.

Hemos sufrido y sufrimos secuelas físicas, psicológicas y sociales. Hemos tenido que seguir terapias físicas, psicológicas y farmacológicas. Hemos perdido espacios, compañeras, amigas y trabajos.

Cuando hemos hablado, hemos sido excluidas de allá donde militábamos: movimientos sociales, organizaciones, casales, sindicatos, agrupaciones de electores, partidos políticos. No estamos hablando de VOX. Hablamos de la autodenominada Izquierda Feminista. Y eso lo hace más grave, más cínico.

Nos han tachado de traidoras, vengativas, locas, punitivas, exageradas. Por hablar. Por señalar las agresiones. Por tratar de evitar que los machistas agresores ocupen lugares de poder dentro del feminismo. 

Nos han hecho callar. Nos han hecho el vacío. Nos han expulsado. Nos han amenazado. Nos han aislado. Nos han dejado solas. Nos han vuelto a agredir: los amigos y las amigas de los agresores, los propios agresores. 

Ellos y ellas encabezan manifestaciones feministas. Se pintan de lila. Se hacen fotos. Participan en mítines, conciertos y comidas populares. Hablan en plural femenino. Presentan propuestas feministas a las asambleas e instituciones. Escriben, publican, editan artículos y libros feministas. Pretenden ser referentes ideológicos del movimiento y lo secuestran. A nosotras, por el contrario, se nos niega el derecho a existir.

Algunas hemos tenido que crear perfiles con pseudónimos en internet para poder hablar sin miedo a ser rechazadas. Otras lo hacemos a cara descubierta. Pero nos hemos encontrado. Nos hemos contado nuestras historias de terror. Hemos llorado juntas. Nos hemos dado apoyo. Nos hemos unido. No estamos solas.

Somos activistas. Somos muchas. No callaremos. No queremos que ninguna mujer más pase por lo que nosotras hemos pasado. No seremos nunca más invisibles. Nos encontraréis de cara.

Cartel:

Comunicado:

El 25 de Noviembre, día mundial contra las violencias machistas, es uno de los días que más nos cuesta salir a la calle, estar cerca de las nuestras o, incluso, navegar por los espacios virtuales. Nuestro 25N se ha convertido en dolor, vergüenza y rabia. Y nos negamos.

Esta fecha que, durante tanto tiempo, hemos señalado en nuestros calendarios como día de trabajo colectivo, de levantar la voz y la mirada, de crear nuevas sinergias y, sobre todo, de hacernos visibles, se ha ido transformando en una fecha en la que nos escondemos y esperamos a que pase rápido. Una fecha que nos duele.

Esta es una de tantas consecuencias que la violencia machista institucional ejercida por las organizaciones de los movimientos sociales tiene sobre nosotras. Un nosotras formado por las supervivientes de esta violencia que, aunque pasen los años y las gestiones, no se para. 

Este año hemos decidido decir basta. No es no que hayamos dicho basta o que no hayamos intentado parar esta violencia contra nosotras o contra nuestras compañeras antes; lo hemos hecho y lo seguiremos haciendo, pero este año ponemos un punto y final a lo que han sido nuestros últimos 25 de noviembre.

La revictimización, el aislamiento, el silenciamiento, la infantilización y la omisión de ayuda son formas de violencia machista, y todas ellas las practican diversas organizaciones, dentro de los movimientos sociales y los partidos políticos.

Decir basta a la violencia machista quiere decir, antes de nada y como mínimo, pararla. La revictimización, el aislamiento, el silenciamiento, la infantilización y la omisión de ayuda son formas de violencia machista, y todas ellas las practican diversas organizaciones, dentro de los movimientos sociales y los partidos políticos. Sabemos que la teoría dice que es imposible e inadmisible, pero desgraciadamente también sabemos que es el patrón de actuación que llevan perpetuando durante muchos años.

Se nos hace incomprensible, sobre todo, esta parte: la parte de no haber progresado y de repetir las mismas dinámicas destructivas para las mujeres víctimas de violencia machista. Sabemos que el aprendizaje es un proceso, sabemos que los espacios anticapitalistas y/o políticos no están exentos de contradicciones y que es necesario trabajar para mejorar. Pero las mejoras no llegan y los cambios no se observan. Y el dolor crece.

Tenemos una caja llena de historias que empiezan, evolucionan y acaban de la misma manera: comienzan con una agresión (o varias) por parte de un hombre de los movimientos sociales y con una mujer que se llena de valor para denunciar. Avanzan con la promesa de un proceso reparador (amparado por unos protocolos que se aplican de manera distinta en relación al estatus que tengan el agresor y la agredida) que nunca sucede, que destroza, agota, cuestiona y violenta a la mujer. La historia acaba con la mujer abandonando (o siendo directamente expulsada) el espacio de militancia, o incluso el pueblo o ciudad, y el hombre sigue disfrutando del espacio anteriormente compartido y del acompañamiento de las que tendrían que haber cuidado de la compañera agredida. Todo ello revestido de silencios, alejamientos y frivolidades por parte del entorno del agresor, que a menudo también era el entorno de la agredida.

Una violencia que no existiría si estas instituciones, y por ende toda su militancia, no la justificaran y la vendieran como fórmula para acabar con las violencias machistas, porque, claramente, no lo es.

Esta manera cíclica de funcionar alrededor la violencia machista es una práctica obvia de violencia institucional. Una violencia que no existiría si estas instituciones, y por ende toda su militancia, no la justificaran y vendieran como fórmula para acabar con las violencias machistas, porque, claramente, no lo es. Con esta manera de actuar no solo no se para la violencia sino que se ejerce cada vez más, y se va sumando a una mochila imposible de cargar.

Cuando hablamos de “espacios” hablamos de organizaciones consolidadas dentro del esquema anticapitalista como la CNT, Endavant – OSAN, la CUP o Arran; también hablamos de partidos políticos como ERC o de agrupaciones de votantes como Alternativa. Y estamos seguras de que des de otros contextos que desconocemos (y quisiéramos conocer) se podrían incluir muchas siglas más.

Las organizaciones y agrupaciones políticas tienen poder y ostentan privilegios que deben ser puestos al servicio de aquellas que no los tienen, que creemos que estaremos de acuerdo en que no son los agresores, sino las agredidas.

Queremos que los protocolos dejen de ser una excusa para torturarnos.

Queremos recuperar los días y los espacios que nos pertenecen y dejar de sufrir cada vez que estas organizaciones violentas abanderan un feminismo que no aplican. Queremos que los protocolos dejen de ser una excusa para torturarnos. Queremos que dejen el feminismo en paz mientras no sean capaces de llegar al mínimo: parar la violencia.